La primera, se entiende, no sé ya casi nada de él, es lógico que, en la distancia, las emociones se pierdan, quizás alguna vez que otra tenga suerte y recordemos viejos tiempos en los que éramos mucho más que uña y carne.
La segunda es más raro, porque, en lo que a nuestra relación concierne, es bastante oscilante. Me gustaría haber disfrutado de su compañía, pero por circunstancias de la vida, no ha podido ser. Aún así duele, pero no se puede tener todo.
La tercera es sobrenatural. Lo que siento por ella es algo tan caótico, intenso, doloroso y a la vez placentero, que no se si puede llamarse simplemente amor. ¿Qué decir que no esté dicho ya? Bueno, obviamente aún no lo he dicho todo. Por eso sigo aquí, a las 5:22 am del 4 de agosto escribiendo con una taza de té en las manos, un día que debería ser mágico, y no uno más de esta insufrible condena. Escribiendo porque me siento solo, me siento abandonado, como un pájaro sin alas, como unos macarrones sin tomate, como un futbolista sin pelota, como Silvestre sin Piolín. Aquí estoy, porque te quiero, porque yo elegí quererte donde tú elegiste no hacerlo, porque yo elegí luchar donde tú te rendiste. Me han llamado necio, cobarde, pesado, me han dado mil consejos y me han ofrecido mil vidas distintas; pero yo no escucho, no veo, no siento nada más que esto, este amor ciego, esta losa que la vida me ha tirado encima y que sin tu ayuda no puedo mover.
No sé cómo te sentirás, porque aunque hables no expresas lo que sientes. No sé qué va a ser de ti. No sé a donde te vas a ir.
Pero sé que, aunque no vayas a leer esto, vas a sentirlo en tu cabeza, como si te lo dijera al oído, porque no sabré muchas cosas, pero hay una de la que estoy completamente seguro.
Sé que me quieres.
